Inasequible al desaliento

Inasequible al desaliento

Tenemos a una gran amiga que se llama Ana Navarro y, dicho sea de paso a la que queremos mucho, que fue a la primera y quizás única persona que un día en una buena sobremesa y después de haber degustado unos caldos, dijo una frase que se ha quedado entre una de mis coletillas imprescindibles a la hora de describir a alguien: es INASEQUIBLE AL DESALIENTO.

Pues bien, mi hijo lo es. Mi hijo cogió “el rollo” de vaciar un bote de Nocilla y de tantos que vació por toda la casa, nos llamaron de Nocilla para darnos un premio a la familia que más Nocilla consumía en Europa Occidental.

Mi hijo se quita la ropa, y se la ponemos, y se la vuelve a quitar, y se la ponemos, y al final del día está más tiempo desnudo que vestido.

Mi hijo rompe algo todos los días, cuando digo todos es todos. Mi hijo, casi desde que nació, decidió que una foto mía con mi hermano Oscar estuviera tumbada en lugar que de pie y después de ocho años, que tiene esa foto, está tumbada. Si la ponemos de pie él vendrá y la tumbará.

Mi hijo antes de dormir se mete debajo de las mantas y le tienes que hacer un masaje en los pies. Y así lo hace siempre. Y cuando digo siempre es siempre.

Las personas con autismo son inasequibles al desaliento. Mi hijo es capaz de hacer siempre lo mismo y no variar ni un ápice su rutina.

De algunas que tiene voy a contar una que me parece sorprenderte. Cada año de vacaciones vamos al mismo sitio con el fin de no romper esa rutina de la que hablamos y porque hemos encontrado un sitio perfecto para él y para toda la familia. Justo yendo hacia la casa donde estamos 20 días en agosto hay un poste metálico a la altura de su hombro más o menos, encima de ese poste metálico hay una piedra incrustada desde hace miles de años, supongo. Pues bien, mi hijo el primer año que fuimos allí siendo muy pequeño, casi no sabía andar, tocó esa piedra. Se fijó en ese poste metálico y se paró a tocar la piedra que tenía encima. Cada año que regresamos, habiendo pasado exactamente un año, lo primero que hace el primer día cuando pasa al lado de ese poste es salir corriendo, ir a ese poste y tocar esa piedra. Posiblemente se cansará antes el poste y la piedra de estar ahí que mi hijo de tocarla.

En fin, son rutinas repetitivas que no se entienden pero que en su mente cobran sentido y a él le dan tranquilidad. La ruptura de estas rutinas le despiertan crispación que unida a su imposibilidad de comunicar se traduce en la maldita ansiedad.

Una vez dicho esto, también te digo que mi hijo es inasequible al desaliento en ser una persona maravillosa. Es inasequible al desaliento en darnos la posibilidad de ver el mundo de una manera diferente, en darnos la posibilidad de ser mejores personas, en hacernos comprender que lo mejor de este mundo es el amor incondicional a una persona como él y la imposibilidad de no poder imaginarle de otra manera.

Oye, y si has llegado hasta aquí, una pregunta ¿Por qué no eres inasequible al desaliento en integrar a personas con autismo?

-Reflexiones de un autista.

 


Fotografía: David Martín