Cuando cae la noche

Cuando cae la noche

Cuando cae la noche has decidido establecer un ritual que a mí, lejos de disgustarme, espero con ansia su comienzo.

Cuando estás con tus cánticos previos al sueño, ininteligibles para cualquiera pero que a ti te sirven para iniciar el camino del descanso y la tranquilidad que te mereces, buscas mis manos para acariciarlas. Las caricias que has esquivado durante el día, decides ofrecérmelas todas de una vez.

En la oscuridad de la habitación, buscas primero la mano izquierda y con tus dedos vas repasando uno a uno mis dedos y con la derecha, acaricias mi barba para cerciorarte que soy yo el que está a tu lado. Que tú no le tocas la mano a cualquiera, doy fe.

Cuando la habitación se ilumina un poco por los últimos WhatsApp del día que entran en el móvil y que son momentos fugaces para poderte mirar, veo como te vas durmiendo y los cánticos desordenados se han convertido ya en una especie de mantra: mmmmmmm o parecido al ommmmmm que tan de moda ha puesto el yoga.

Y justo antes de que el sueño caiga encima de ti, como cae la noche encima del sol, entrelazas mi mano derecha con la tuya y empieza la segunda parte de este ritual mágico y maravilloso, que es cuando tengo que apretar tu mano suavemente, como si estuviéramos haciendo tortitas con una masa de felicidad que solo existe en tu mente y en la mía.

Y así caes en los brazos del sueño que te llevará hasta el día siguiente. Hago  siempre lo imposible por dormirme después que tú ya que no puedo perderme ni un segundo de este momento que hace que el día haya merecido la pena.

A veces ocurre que conseguimos dormirnos los dos con las manos entrecruzadas… Luego las horas de sueño se encargan de separarlas. Sin embargo un día pudimos con la noche. ¡Ese día la vencimos! “Lo contrario del día” salió perdiendo y cuando despertamos teníamos nuestras manos entrelazadas.

Me da igual si durante el sueño separamos nuestras manos y luego las volvimos a unir. Sinceramente, ese es un pequeño y mísero detalle. El caso es que me dormí entrelazando tu mano y me desperté con tus dedos entre los míos. Y eso, ¡juro por Dios que no tiene precio!

Tú has decidido ir almacenando las caricias durante el día y soltarlas de golpe en un momento sublime. Es tu decisión y por lo tanto la respeto.

Absurdo es entrar al debate de si quiero más o si eso no es suficiente. Prefiero quedarme con estos momentos que me ofreces y que para mí compensan los abrazos y caricias que no te puedo dar cuando el sol reina.

Recuerda, te estaré esperando esta noche, y mis manos esperarán a las tuyas para intentar estar a la altura del ritual de las manos cruzadas que nos lleva hasta el sueño.

-Reflexiones de una persona con autismo.

 


Fotografía: David Martín