Miradas de ébano en un autobús de Madrid, niños que ya no salen a jugar por el miedo de sus padres.

Personas que se cruzan contigo, y no sabes si son normales o diferentes, caminando por una ciudad que te recuerda que hay un pensamiento que será tu fiel compañero.

Y así pasan los días. Conviviendo con la pena de no saber si estás haciendo bien, si estás haciendo todo lo posible por tu hijo.  ¿Dónde está ese límite? ¿Dónde está la claridad de saber que no puedes hacer más por un hijo que tendrá grandes dificultades cuando tú no estés o que quizás no las tendrá?

Sin embargo ese pensamiento es un verdadero traidor y te asalta cuando menos te lo esperas. Cuando te cruzas con otros padres que van hablando y riendo con sus hijos, o cuando ves en el autobús a niños que ellos solos pican el billete.

Ese maldito pensamiento no tiene ni horario ni fecha en el calendario,- como dice la canción-. Pero siempre está ahí: ¿Qué será de mi hijo cuando su madre y yo no estemos?

Lo racionalizas y lo aplacas, y cuando crees que lo has matado, lo único que has conseguido es dormirlo y hacer que vuelva cuando menos te lo esperas con toda su fuerza.

Y no te queda el consuelo de: pues igual que todos los padres del mundo que piensan que será de mis hijos  cuando yo no esté. ¡Lo siento, pero no es igual! No consuela nada, porque los hijos crecen y llega un momento donde la responsabilidad de que les vaya bien o mal es suya, porque se han convertido en adultos y han de tomar las riendas de su vida. Sin embargo, con una persona con autismo, no funciona igual. ¿Qué riendas va a tomar mi hijo si no sabe ni lo que son unas riendas? Y ese temor se ciñe sobre mí.

No se trata de ser un pesimista, ni mucho menos un maldito egocéntrico que cree que todo depende de él, es simplemente miedo a saber qué será de mi hijo.

Sin duda alguna el autismo trajo a nuestra vida muchas cosas, pero una de ellas es horrible: la maldita incertidumbre.

  • ¿Hablará algún día?
  • ¿Quién se ocupará de mi hijo?
  • ¿Podrá leer algún día?
  • ¿Será capaz de comer solo?
  • ¿Conseguirá vestirse solo alguna vez?
  • Si no me puede decir que es feliz ¿lo será?
  • Cuando llora ¿Por qué lo hace?

 

Y esa incertidumbre te mata un poquito cada día. Convives con ella mirando con compasión al que le importan más unos euros que una persona con autismo o a los que les preocupa más que su hijo sea médico que una buena persona. Y te intentas proteger.

Sin embargo, cuando crees que estás bien arropado ante tal vendaval te das cuenta que tu mente está en bañador en mitad del Polo Norte.

Sin duda alguna esto no te ha de apartar del objetivo de intentar dejar todo solucionado para tu hijo cuando tú no estés, pero es humano que esta pregunta cada vez que la formules no sea más que agua que alimenta tus lágrimas.

¿Qué será de mi hijo cuando nosotros no estemos?

 

Reflexiones de una persona con autismo