¿Qué te duele? – Pregunta su madre con angustia.

Pero hijo mío ¿Qué pasa? – Pregunto yo mientras mi corazón se encoge y mis manos no paran de quitar las lágrimas que caen por su mejilla como gotera en casa vieja en un día de lluvia.

Y mi mujer y yo nos miramos con pena y sin saber qué hacer, pero aun así damos gracias porque esto pasa pocas veces; eso sí, cuando pasa, el tiempo se para y mi mujer y yo ese día nos vamos de cañas con la amiga tristeza.

Y mi hijo sigue llorando.

No hay heridas. No hay golpes. Los muebles están todos en su sitio. Le empezamos a tocar manos, brazos, piernas, nariz, dedos. No hay nada roto. Tampoco hay golpes en la cabeza y no hay sangre.

Pero las lágrimas siguen rodando por su cara, como si de una fuente de pueblo de la sierra se tratara. Y no paran. Y su pena crece al mismo ritmo que la nuestra. Y nuestras preguntas intentando obtener respuestas que nunca llegan no hacen más que aturdirle e incluso a veces son éstas las que incrementan su llanto.

¡¡¡No puede expresar qué le pasa!!!

Miro a mi mujer, noto la desesperanza en su cara, veo que esta vez algo le ha golpeado fuerte, igual que a mí. Es impotencia. Es no poder ayudar por faltarte información. No puedes hacer nada. Simplemente acompañarle, abrazarle y esperar a que estos minutos pasen de una vez y llegue otra vez la calma.

A veces me he quejado desde una posición bastante egoísta diciendo que mi hijo nunca dirá: “Te quiero papá”, pero ¿Qué pasa con él? ¿Qué siente él cuando tiene un pequeño o gran problema y no puede transmitir lo que le ocurre?

Esto que puede parecer un malestar puramente emocional de un padre que no puede hablar con su hijo, que es una persona con autismo no verbal, se convierte en algo realmente vital cuando queremos diagnosticar una enfermedad.

Si recuerdas, cuando vas al médico, ya sea por un simple catarro o por algo mucho más grave, lo primero que hace el doctor es preguntar: ¿Qué has comido? ¿Desde cuando te duele? ¿Te duele aquí si te toco? ¿Es la primera que te ocurre?… Todas estas preguntas van encaminadas a dar con posibles causas que originen los síntomas que tienes y que sin duda alguna le darán al médico la pista definitiva de la enfermedad que te “está atacando”.

Te has parado a pensar ¿qué pasaría si no pudieras darle al médico esta información? Pues pasan dos cosas muy obvias pero que pueden resultar decisivas:

  1. Que las probabilidades de equivocarse del médico aumentan considerablemente.
  2. Que se desperdicia tiempo que a veces puede resultar vital a la hora de tratar una determinada enfermedad.

Pues la combinación de estos dos puntos en personas con autismo no verbal se convierte en una de las causas de mortalidad para ellos. Sí, así de simple: no puedo decirle al doctor que me pasa; pasa el tiempo; el médico no sabe qué ocurre, y a veces esto se convierte en mortal.

Claro, visto así, bien poco me importa que mi hijo me diga te quiero papa, sin embargo, solo para poder ayudarle, sí daría media vida por saber qué le pasa cuando está triste o enfermo.

Gracias “querido autismo” por aumentar las probabilidades de muerte de mi hijo frente a otros que podemos hablar. Por cosas como estas, Autismo, son por las que te escupiría a la cara.

 

Reflexiones de una persona con autismo