Aquella tarde todo cambió. ¡Todo!

De repente, por arte de magia, ya no importaba que el pedido de Zara viniera a tiempo para la cena del trabajo. Curiosamente, y sin saberlo, las prioridades cambiaron. No, las básicas no, claro. Es decir seguíamos comiendo y bebiendo, pero las otras cambiaron.

Ya no nos importaba caer bien a los demás. Si mi jefe no me hablaba, ya no era vital para mí. Que el vecino no decía buenos días, sus motivos tendría.

No lo aceptaba, pero mi mundo había cambiado. No podía entender como mi hijo no podría hablar nunca. Mi mente no era capaz de asumir cosa tan clara y evidente; siempre pensé: mi hijo hablará. Al día de hoy, ya lo tengo claro.

¡Pero aquella tarde todo cambió! Marcó sin duda alguna lo que soy y lo que seré: un padre de una persona con autismo. Y querido amigo, cambia todo. Tus relaciones con la familia, con tus amigos, con tus vecinos… todo cambia. Es el cambio del cambio; a partir de ahí se abre un mundo lleno de alegría y de mucha miseria, y sobre todo de intentar entender cosas que quizás nunca tendrán explicación. Creo que jamás nadie me podrá explicar por qué no puedo hablar con mi hijo.

¡Esa tarde todo cambió!

¿Para bien? ¿Para mal? Pues no lo sé. ¿Soy mejor por el autismo? Pues sinceramente, no lo sé. Soy diferente. ¡Manda huevos que diga yo esto cuando lucho para que no haya diferencias!

¡Lo que sé es que esa tarde todo cambió!

No valieron de nada las lágrimas vertidas antes ni después, muchas veces el ser humano se cree que llorando cambiarán las cosas, pero no es así, simplemente es agua salada que muere en tu barbilla sin arreglar nada.

¡Esa tarde amigo todo cambió!

En fin, somos lo que somos, y quizás tenga razón mi amigo, mi hermano, cuando dice que lo que te marca son las circunstancias y no las creencias. Sólo sé que nunca seré el mismo después de aquella tarde.

 

Reflexiones de una persona con autismo