¿Cuándo decidimos que era más importante ser socio de una gran consultora que estar con nuestros hijos? ¿En qué momento tuvimos la gran idea de hacerle la vida imposible a nuestro subordinado para que nuestra nómina suba unos euros? ¿Ha habido un momento en que todo ha girado y nuestros egos se han apoderado de nosotros para no ayudar al más débil?

Hace miles de años moría el que corría más despacio y no cazaba, hoy desaparece el que tiene más ansiedad y no controla el estrés de este mundo. Hoy muchos han olvidado que la grandeza del ser humano es tener conciencia, poder pensar y esta capacidad es la que ha hecho que nuestra adaptación al entorno sea más efectiva y que como especie hayamos conseguido logros que ninguna otra podrá conseguir.

Ahora bien, mi opinión personal es que estos avances no deben de enterrar nunca los principios y los valores que han venido de la mano de ese progreso. Uno de esos valores ha sido la ayuda a los demás y sobre todo a aquellos que son más débiles.

Hubo un momento en la historia de nuestra especie que nos dimos cuenta de que en la diferencia de todos y cada uno de nosotros estaba no solo él ayudar al que se quedaba atrás, sino que precisamente en esa diferencia estaba la oportunidad de avanzar como grupo social.

Ahora que hemos alcanzado uno de los momentos de mayor avance como especie no nos podemos permitir que la grieta entre los más débiles y los avanzados se haga más grande. Si no colaboramos todos y cada uno de nosotros en hacer esta brecha más pequeña es cuestión de tiempo que nuestra especie desaparezca. Individual y colectivamente hablando, hemos avanzado por saber gestionar las diferencias individuales.

Es solo una opinión. Pero una sociedad no puede estar formada solo por los más rápidos, los más listos y los más guapos, cuando eso empiece a ocurrir será el inicio del fin de nuestra especie.

Reflexiones de una persona con autismo

 


Fotografía: David Martín