Ayer me pasó una cosa curiosa, por no decir excéntrica. Dice mucho de cómo nos relacionamos con personas con TEA y el impacto que tiene cuando en frío le dices a alguien que tu hijo tiene TEA.

Estaba con mi hijo sentado en una terraza. Lucas, como es habitual, no hacía más que poner los pies encima de la mesa. Yo, como siempre también, con la paciencia que nos caracteriza a los padres, le decía una y otra vez: por favor Lucas, no pongas los pies encima de la mesa; por favor, deja de hacer eso Lucas, que no está bien. Y siguiendo con lo que ocurre casi siempre, Lucas no me hacía caso.

Para ser sincero, no sé de donde salió esa señora, pero de repente se plantó una señora, de cierta edad, delante de nosotros diciendo: ¡Pequeño no hagas eso, que voy a llamar a la policía! al tiempo que le guiñaba un ojo a Lucas.

NO hagas eso, porque si te ponen una multa la tendrás que pagar de tu dinero. La señora era amable y su voz dulce; lo decía de manera encantadora y para jugar con Lucas. La típica señora mayor a la que le gustan los niños y que quiere jugar con ellos.

El comportamiento de la desconocida fue en todo momento educado, amable y digno de alabar, pues lo único que quería era ser simpática con mi hijo.

En un momento dado, la desconocida siguió hablando con Lucas, mientras mi hijo se tapaba los oídos y aleteaba con las manos; sin querer, Lucas, en un aleteo, la golpeó en el brazo y la señora de nuevo muy amable dijo: ¡anda mira, no le gusta lo que digo y por eso me ha dado! Repito una vez más, la intención de la señora era ser amable y educada.

El tema es que seguía hablando con Lucas esperando respuestas que nunca llegaban. Como no cesaba en el intento, cosa que desde aquí tiene toda mi gratitud, tuve que decirle, con amabilidad y educación -la misma que ella había demostrado-: lo siento, no le va a contestar; Lucas es una persona con autismo no verbal.

Fue en ese momento cuando se produjo la reacción inesperada de la desconocida: la mujer empezó a pedir perdón; a decir que lo sentía mucho, que no había querido en ningún momento reírse de mi hijo, que simplemente quería jugar con él, y hasta casi se le saltaban las lágrimas de lo avergonzada que estaba, mientras se deshacía en disculpas. Yo trataba de tranquilizarla diciendo que no pasaba nada; le decía que ella no había hecho nada malo, todo lo contrario, se había acercado de manera dulce y educada a mi hijo. La mujer no tenía consuelo, creía que había pasado una línea que no tenía que haber pasado; yo insistía en que simplemente había tratado de ser amable y jugar con un niño.

La cuestión es que, a partir de este momento, ya no le dijo nada a Lucas. Ya no se dirigió a él. Por más que yo le decía que podía seguir intentando jugar con él, ella ya no podía seguir diciéndole cosas.

Al final, después de estar un rato, y dejarle claro que no había hecho nada malo, la mujer se tranquilizó y me contó que su nieta también tenía un amigo con TEA; me dijo que eran niños adorables, eso sí, ella a había desistido de intentar jugar con Lucas.

Evidentemente, no juzgo que no jugara más con Lucas, pues la señora estaba totalmente conmocionada, como si hubiera matado a alguien, pero toda aquella escena me hizo reflexionar, y surgieron en mí varias preguntas: ¿Le tenía que haber dicho nada más llegar que mi hijo era una persona con TEA? ¿Tenía que haberla interrumpido antes y explicarle que Lucas no iba a contestar, pues era un niño con TEA?

¿Tú que hubieras hecho?

Reflexiones de una persona con autismo

 


Fotografía: David Martín