Aquella chica en un pueblo de nuestra querida España se enamoró de otra mujer. Así de sencillo. Se enamoró de una persona del mismo sexo y fue tratada como si hubiera cometido la peor de las atrocidades.

Simplemente por hacer algo diferente, por escaparse de los cánones establecidos que identifican las relaciones con la reproducción y según este criterio dos personas del mismo sexo no podrían enamorarse.

Lo que esta chica tuvo que escuchar no puede reproducirse, llegando algunos incluso a afirmar que estaba enferma.

Esto parece de otro mundo ¿verdad? Pues no, sigue ocurriendo. Ahora mismo, en algún rincón de nuestro país se está juzgando a alguien a base de zumo de intolerancia y de odio irracional. Y los argumentos por simples y escasos que son suelen terminar en un: es contra natura que dos personas del mismo sexo se quieran y se amen; triste pero cierto.

Creemos haber avanzado mucho, que somos personas abiertas y liberales, que respetamos a las demás personas, pero lo cierto es que con algunas de nuestra actitudes y prejuicios contribuimos a mandar al océano de la indiferencia a gente que no ha hecho nada malo, simplemente amó.

Juzgamos a los homosexuales, al que bebe y al que no bebe, al que no compra donde yo compro, al que tiene el coche caro, al que le va bien la vida, al que le quiere su mujer, al que tiene valores en el trabajo, al que dice la verdad… Y juzgamos. Juzgamos sin parar, simplemente porque las cosas no suceden como nosotros creemos que deben ser; porque no se ajustan como calcetín a una verdad que hemos hecho universal y que tiene los pies de mantequilla.

Pero las personas con autismo no juzgan.

Todos los días mi amigo Dani, que es una persona con autismo, viene y me saluda y me cuenta su día y yo el mío. Y no juzga si ya llevo tres cafés o si llevo tres días con el mismo chándal. Viene a contarme su día. Con su mente diferente pero limpia de prejuicios. Viene por derecho, como dice mi hermano gaditano. Viene sin dobleces y sin esperar que diga algo para encontrar una puerta de atrás que abrir y poder criticarme.

NO juzgan. Las personas con autismo no juzgan. Su mente es transparente. Su mente no enjuicia, no se plantea si tengo o no trabajo por ser un vago o si mi mujer me pudiera dejar porque ya no me quiere.

NO entran a ese juego diabólico de crear barro maloliente para echárselo al que tienen enfrente y que después de hablar contigo se vaya peor que cuando llegó.

Cuando hablo con mi amigo Dani, que es una persona con autismo, no me siento juzgado y eso últimamente me pasa con muy poca gente. Y por eso, cuando termino de hablar con mi Dani, mi amigo, siempre me voy mejor que cuando llegué.

En el autismo no juzgar viene de serie, no se les enseña en ningún sitio a no juzgar. Podríamos aprender un poco de esta competencia suya, quizás nos iría mucho mejor.

-Reflexiones de una persona con autismo.

 


Fotografía: David Martín