No me quiero sentir como la persona que no sabe si quiere un beso o la última copa en una fiesta de noche vieja.

No quiero sacar punta a  un lápiz y que se rompa la misma nada más escribir.

No quiero apurar el maquillaje de un envase y mirarme en un espejo más pequeño que mi cara.

No quiero ser el que busca sitio en una cena de amigos ni el  que reparte los sitios antes de sentarse.

No quiero ser capirote manchado de agua de lluvia ni de lágrimas de niños porque su virgen no sale.

No quiero amor por despecho, ni tampoco que el amor se llene con mi tarjeta de crédito.

No quiero besos con sabor a empastes, ni despedidas con llantos en la estación que se convierten en reproches en el tren.

No quiero criticar a mi suegra en el bar y quererla en el salón de su casa.

No quiero tostadas que saben a calamares a la plancha, ni calamares con mantequilla y mermelada.

No quiero ropa interior color carne, ni calzoncillos que no se correspondan con la edad del que los lleva.

No quiero las lágrimas en un funeral de alguien que no conozca, me quedo con las risas del que estuvo.

No quiero discutir por tu amor, prefiero dejarme la piel porque no te vayas.

No quiero polvorones en agosto, ni almendras sin algo de beber.

No quiero acostarme con rencor, y que la lluvia no caiga a gusto de todos.

No quiero una tarde sin ti, pero espero la mañana contigo.

No quiero que sufras porque no estoy, en los besos siempre seré tuyo.

Y así pasan las tardes lluviosas… Sin querer ser lo que soy, pero aceptando lo que tú eres. No tengo más remedio que jugar mis fichas a mi inclusión, lo demás supondría hacernos daño los dos.

 

Reflexiones de una persona con autismo