Es tan frustrante el comportamiento que a veces se quitan las ganas de seguir adelante.

Son tan desesperantes los retrocesos en el aprendizaje y tan desconcertantes que solo tienes ganas de llorar.

Es tan complicado llegar a entender determinadas conductas, que solo quieres que termine el día y esperar que mañana sea un poco mejor.

Es tan alarmante que no te entienda, que tienes ganas de correr e irte lejos muy lejos.

Es tan desconcertante, que piensas que no saldréis adelante ni tú ni él.

Es tan penoso, que piensas que no hay razones para continuar y deseas que la partida termine aunque vayas perdiendo todas tus fichas.

Es tan duro, que tienes la certeza de que no acabarás la carrera y que te da igual la misma pues no sabes nunca dónde está la meta.

Es tan doloroso, que te acostumbras a desayunar leche con dolor y cenar huevos fritos con frustración.

Es todo tan difuso, que ya no ves más que niebla en los días soleados y los días fríos te dan igual.

Es todo tan dudoso, que ya no crees en ti mismo y no metes ni una ficha en la ruleta de tu vida apostando por ti.

Es tan cansado, que prefieres no hablar con nadie y quedarte solo en el barro de tus miserias y beber tus batidos preferidos de pensamientos negativos.

Pero cuando solo ves noche y cuando sabes que el sol ya no visitará tu hogar aparece un principio general que derrumba todos los principios anteriores y te llena de fuerza, porque sabes que él te necesita.

Ese principio es simple y está ahí desde el comienzo de los tiempos: es tu hijo y es lo que más quieres en este mundo… entonces te levantas y sigues. No te queda más remedio. Porque sabes que él te necesita a tu lado. Así de simple.

-Reflexiones de una persona con autismo.

 


Fotografía: David Martín