Conmigo la paciencia se viste de blanco y te espera en el altar para que te cases con ella.

Mi condición es la repetición sistemática de todo tipo de comportamientos y conductas. Hago siempre lo mismo, aunque esto te ocasione molestias.

NO lo puedo evitar y aunque no es la maldad lo que me mueve, comprendo que puedo llegar a sacarte de quicio.

Ante este panorama lo único que te pido es paciencia. Puedo beberme tu agua siempre que te vea o puedo intentar coger tu comida cada vez que tenga hambre y lo haré siempre.

NO me juzgues y lo más importante, no juzgues a mi familia, pues tiene la tarea heroica de modificar conductas socialmente no aceptadas. Y, querido amigo, modificar conductas es una de las cosas más difíciles que hay.

Ten en cuenta que mis principios no son los tuyos y que yo vea comida y tenga hambre enciende mi cerebro con una voz interior que me dice: “cógela”.

El planteamiento no es dejarme hacer lo que quiera, pues si cada uno hiciéramos lo que deseáramos sería imposible la convivencia entre nosotros.

La cuestión fundamental es: ¡enséñame por favor!, pero enséñame desde la paciencia, sabiendo de antemano que me tendrás que decir un millón de veces que no puedo coger una chuche del suelo y comérmela aunque me lo diga mi voz anterior.

Aprender me cuesta más que al resto, pero cuando aprendo ya no olvido. Si arrojas la toalla antes de que termine el asalto y haces que me rinda, perderemos el combate. Yo lo perderé individualmente, pero todos lo perderemos como sociedad.

Por el contrario, cuando vayas viendo que estoy aprendiendo, el triunfo será tan grande que la satisfacción inundará todos los rincones de tu alma; habrás conseguido que la distancia entre mi diferencia y la normalidad se acorte. Y eso no tiene precio.

Por despedirme de ti con algo positivo, si consigues llegar hasta mí, hasta mi aprendizaje, igual que siempre me bebo tu agua, una vez que aprenda también siempre te daré un beso. Siempre que te vea te besaré. No se me pasará nunca. Nunca habrá olvido. Cuenta con mi beso para el resto de tus días.

Cada vez que alimentas tu paciencia, le haces los pies de barro a mi compañero de viaje, el maldito autismo.

-Reflexiones de una persona con autismo.

 


Fotografía: David Martín