No sé cuándo pasó, pero me enamoré de ti perdidamente.

De ese bocadito que tanto anuncias. No sé cómo pasamos a los besos. Pero pasamos. Y con fuerza.

Y así poco a poco, ya sólo te veía a ti. Ya sólo te quería a ti. Me decían que había más, pero yo ya no pensaba en cambiar. Mi vida y la tuya habían hecho un pacto inamovible y para siempre.

Lo vi normal, porque cuando “te presenté” a mis amigos, alucinaron. Cuando mi familia te conoció, me dijeron que era la mejor elección que había hecho jamás. Con lo cual, el círculo se cerraba y terminaba donde empezaba: me había enamorado de ti.

Me dormía contigo y contigo me despertaba. No podía salir a la calle sin ti y el día que no te veía se me hacía un nudo en la garganta; me tocaba el corazón buscándote y deseando volver a casa para estar a tu lado. Y cuando te encontraba, por duro que hubiera sido el día, me hacías feliz.

Pero decidiste apagarte y nuestro amor murió. Ocurrió una fría tarde de invierno. En la soledad de un cuarto de baño frío y hostil. El agua inundó tu ser. No sé porqué me pasó a mí, pero el caso es que sucedió. Cuando te encontré flotando en el agua, no pude llorar, por que aunque sabía que no podría volver a tenerte, me empeñé en prolongar lo poco que te quedaba de vida. Y así te fuiste, iluminándote una última vez y despidiéndote con ese mordisco, que había sido el inicio de mi amor por ti.

De esto hace exactamente 8 días y aún sigo perdido. Vagabundeando por las calles. Mirando escaparates e intentando encontrar llenar el hueco que has dejado en mi vida y en mi corazón. Estoy seguro, que ya nunca mi vida será igual.

Hace exactamente 8 días que mi hijo autista, tiró mi iPhone 7 al wáter. Y mi iPhone murió. Y ya nada ha sido igual desde hace 8 días.

No me preguntes los motivos que existen para que a determinada gente le importe más su móvil que integrar a una persona con autismo. De verdad que no sé contestarte a esa pregunta.

Reflexiones de un autista

 


Fotografía: David Martín