Mi querida amiga y compañera de viaje, nunca sabíamos que el tren que íbamos a coger nos iba a llevar a un sitio tan oscuro. Jamás pensábamos que la vida, cuando lanza su moneda al aire, es tan tramposa que tiene dos cruces y nosotros habíamos dicho cara.

Todavía me acuerdo de aquellas ilusiones, que luego se rompieron, y que vivíamos tan intensamente esperando a que nuestro segundo hijo fuera un famoso cirujano o un deportista de élite.

Es cierto se rompieron, pero apareció algo mucho mejor: una familia diferente y la oportunidad de demostrarnos que estaremos uno al lado del otro con un objetivo común y único: hacernos el viaje lo más cómodo posible en este tren que no sabemos dónde va, pero que sabemos que no es el más cómodo en el que querríamos ir.

Tú y yo sabemos que en este tren no hay palomitas y las películas que suelen poner son de miedo. Sabemos que el café lo sirven con sal y que las patatas están rancias. En el WC no hay papel y en el vagón del silencio solo se oyen los gritos de los niños que no hablan.

Tú y yo elegimos viajar juntos, pero jamás nos dieron la opción de escoger el tren en el que iríamos. Yo no le echo la culpa a Dios, ni al destino, ni a mi querida mala suerte. Es simplemente la vida la que nos citó aquella tarde lluviosa a las 17:00 para montarnos a ambos en el tren del autismo.

Y en cuanto pasamos la primera parada, nos dimos cuenta que algo no iba bien en este tren maldito. El aire dejó de funcionar y el sudor brotaba de nuestras frentes. El revisor no nos pidió los billetes, simplemente con una sonrisa que olía a ironía nos dijo: paciencia.

Y así estamos haciendo nuestro viaje. A veces con sed y sin poder beber; a veces, muchas veces con falta de sueño y comiendo ansiedad. Y siempre con miedo por no saber en qué estaciones parará este maldito tren.

Independientemente del tren, lo que sí depende de nosotros es el viaje. Y estamos consiguiendo que sea maravilloso. El medio en el que viajamos da igual. Lo importante es el paisaje. Lo verdaderamente grande es saber que te tengo a mi lado y que yo estoy al lado tuyo. Que llegaremos a destino con la satisfacción de los kilómetros recorridos y sabiendo que hicimos lo que creímos mejor para nuestros hijos.

Y ahí, justo ahí, estaremos orgullosos de nuestro viaje. Por eso cuando miramos a través de la ventanillas de este maldito tren, ver lagos llenos de lodazal negro no es una opción válida. Mira conmigo y verás bosques verdes y hermosos que te están diciendo que el viaje lo construimos nosotros y lo demás no importa.

Olvídate del “tren” y sigue conmigo nuestro viaje, aún nos quedan maravillosos mundos que descubrir.

Te quiero, mi querida amiga y compañera de viaje. Te quiero Gema.

-Reflexiones de un autista

 


Fotografía: David Martín