Conozco a un niño, que cada día que se levanta intenta hacerse entender a pesar de no hablar. Emite un sonido que se parece a MAMA y que le sirve a su madre para saber que su ángel ya ha abierto las alas.

Ese niño es rutinario. Peligroso es romperle sus rutinas, pues ve que le están quitando la carta de abajo de su castillo de naipes. Le gusta el zumo, pero procura no cambiarle la marca pues no se lo tomará. En el chocolate si puedes jugar a cambiar los tipos o las marcas pues es su gran debilidad. Le gusta a morir. Por un trozo de chocolate mata, parafraseando a la famosa princesa del barrio.

Ese niño ríe y llora, como el resto, aunque no sepa decirte los motivos. Pero tiene algo mágico. Se hace entender. Sin utilizar lenguaje verbal sabes si quiere una tostada o un donut en el desayuno. Si la cosa se complica es capaz de traerte el tostador o al repartidor de donuts de tu barrio.

Ese niño tiene sus carencias, como el resto de niños del mundo, pero él sabe suplirlas con otro tipo de inteligencia al que no estamos acostumbrados. Su mundo es muy diferente al resto y ve nubes blancas, fuegos en un mar transparente, donde nosotros vemos dos huevos duros cociéndose.

No te dará besos gratis y repartirá caricias por doquier, pero si eres capaz de que te bese o te acaricie notarás una pureza como cuando bebes agua en una fuente natural de la sierra. Esos besos y esas caricias son frescos y limpios sin edulcorantes ni productos extras añadidos.

Ese niño transmite y comunica emociones igual que el resto. Se nota en su mirada si está alegre o si está triste.

Llora de manera diferente cuando su hermano le quita un juguete o le dice que se calle porque no oye la televisión y se alegra cuando te ve, aunque no hace lo mismo que otros niños cuando se alegra.

Ese niño es muy sensible y muy cariñoso. Dentro de sus posibilidades llega hasta a ti, te amaga con abrazos y te pone la cabeza para que le des besos que quizás él no sepa dar. Solo quiere que le abraces y si fuera por él estaría todo el día jugando contigo a las cosquillas.

Ese niño come como si no hubiera un mañana y disfruta comiendo. Se pone contento cuando oye la misiva: A COMERRRRRRRR, si puede se come lo suyo y lo tuyo. Como buen español sabe disfrutar de una buena comida y de un buen rato en la mesa.

Ese niño tiene amigos a su manera, tendrá novias a su manera, querrá a su familia a su manera y sobre todo vivirá a su manera. Eso no lo vamos a poder impedir ninguno de nosotros por mucho que le excluyamos o que intentemos señalarle como a alguien diferente.

Ese niño, si tiene sueño se tumba en el suelo y se duerme, le da igual que esté el Papa, tú o yo o los Rollings Stones. Las normas para él las pusieron otros y no conoce el respeto de muchas de ellas, pero jamás hará algo malo a los que tiene a su lado por un principio que gobierna sus comportamientos: no sabe hacer el mal a los demás. Y evidentemente yo no le voy a enseñar.

Ese niño, no te guardará nunca rencor, pues nunca bebió zumo de ese veneno; ni hará cosas con doble intención, no te odiará, ni insultará y si comete el error de agredirte o morderte es por los nervios de lo contento que está. Jamás habrá mala intención en todo lo que hace.

Ese niño no hace deberes; puede ir desnudo por la casa, pues la gente se lo perdona; ese niño es feliz, pues su mundo sin parecerse al nuestro le evita mucho dolor y mucho odio.

Ese niño, se llama Lucas, es mi hijo y es una persona con autismo.

-Reflexiones de una persona con autismo.

 


Fotografía: David Martín