Cuando termina el curso los padres estamos ansiosos, ilusionados, contentos; otros tristes, disgustados, amargados… en fin se acumulan muchas sensaciones de mil y un colores y es que ha llegado el momento de las notas finales.

Ese momento en el que nuestros hijos buscarán excusas, motivación para seguir, amargura por creer que han trabajado duro y no han obtenido los resultados merecidos… Pero todos ellos, sin duda, esperan el ansiado verano para jugar a la consola, bañarse en la piscina o esperar a que un chico o chica les haga ojitos convirtiéndose en el mítico amor de verano.

Muchos padres nos enfadamos y no entendemos como nuestro hijo no ha obtenido los resultados que esperaba y que esperábamos. Pues bien, ese momento con un hijo que tiene autismo es radicalmente diferente. Para que veáis la diferencia con otros niños os cuento la reunión de ayer en el colegio de Lucas.

Cuando llegué, la tutora, la pedagoga y el psicólogo estaban enormemente felices. Nada más entrar me dieron la enhorabuena y me dijeron que estaban orgullosos del trabajo que había realizado Lucas y del trabajo que habíamos realizado en casa con él.

Había conseguido mirar más a la gente, ya conseguía alguna vez ponerse los calzoncillos solo y permitía que una profesora le limpiara los dientes durante dos segundos. ¡Exactamente dos segundos!
Han conseguido que cuando alguien entre en una habitación Lucas se toque la cabeza, gesto que quiere decir ¡Hola!

Lucas se acerca más a la gente y consigue tocar ya a un compañero suyo. Notan que tiene más memoria pues es capaz de retener una secuencia de dos órdenes: Lucas deja el plato en su sitio y después coge el yogur. ¡Esto ya lo entiende!

¡Lucas ha terminado el curso de una manera brillante! Consiguiendo pequeños avances que para una persona con autismo son todo un logro. Para mí fue una gran alegría, ¡más que si Lucas hubiera sacado Matrícula de Honor en primero de medicina!

Esta reunión me hizo pensar y reflexionar y como padre quiero compartir con vosotros esta reflexión.
Cada niño aprende a su manera, a su ritmo, y no conseguir sobresalientes o notables sólo quiere decir que el año próximo tendrán un año entero para mejorar. Dejemos que cada persona aprenda a su ritmo y que cada uno alcance su máximo potencial llegando al máximo de sus posibilidades.

Debemos estar agradecidos por lo que tenemos y no sufrir por aquello que no podemos conseguir.
Por lo bien que lo ha hecho Lucas, desde ayer le llamamos en casa EL MATRICULA DE HONOR; que Lucas sea capaz de aguantar el cepillo de dientes en la boca, es como el triunfo que obtiene un cirujano cardiovascular en su primer trasplante de corazón.

-Reflexiones de una persona con autismo.

 


Fotografía: David Martín