Hay una tierra baldía donde las madres lloran lágrimas de sangre.
Las plantas no crecen y los árboles nunca tienen hojas pues siempre es otoño.
Existe un espacio en el que los niños juegan solos y cuentan piedras blancas creyendo que son golosinas que cayeron del cielo.
En ese lugar, los lagos están secos y los peces mueren en el barro de la decepción y la desesperación.

No muere nadie, porque morir es nacer en aquel paraje. Lo gobierna la tormenta y la furia del mar.
La noche es eterna y el sol nunca va, ni en vacaciones.
En aquel lugar, los sentimientos visten de negro y la esperanza siempre es lo primero que se pierde.
Sus playas están llenas de aceite y los náufragos pasan de largo.

Los amigos nunca llaman y al cine solo van “los normales”.
Los columpios son para aquellos que los construyeron y el “no compartir” es el padre nuestro que se reza en sus iglesias.
En esas tierras pegaron al amor y a la amistad la emborracharon.
Y luego dijeron, los normales, que ellos no fueron.

En esa tierra, si alguien se hunde se le pone peso en los bolsillos.
Los besos saben raros y las caricias cuestan dinero.
El perdón va disfrazado de mentira y la mentira dice no conocer al perdón.
En aquel lugar, los consejos son dardos envenenados del mejor veneno que hay “lo hago por tu bien”.

La soberbia toma chupitos de vodka y escupe al pecho de los desesperados.
Al diferente se le invita a salir a bailar a la pista para ver lo mal que lo hace.
Las bibliotecas sólo tienen libros con hojas en blanco para que nadie pueda leer y no quede rastro de aquel lugar.
En aquel lugar, hay mucha gente sola que bebe zumo de ignorancia y tapas de “a mí no me tocará”.

Al piano le faltan teclas y el pianista solo tiene una mano.
Todos dicen que ellos nunca estuvieron pero la suelen visitar más veces de lo que creen.
Estas tierras nunca darán nada bueno.
Porque solo existen gracias a nosotros.
Si conseguimos no ir nunca a verlas esas tierras desaparecerán.

¡Son las tierras de la no inclusión!, no vayas porque no hay nada que visitar.

-Reflexiones de una persona con autismo.

 


Fotografía: David Martín