La hipocresía y el autismo

La hipocresía del ser humano a veces no tiene límites.

Cuando la vida te llevó a elegir un puñado de euros o el amor a mi hijo te quedaste con el vil metal. Cuando la vida te apretó y te dijo que no lo estabas haciendo bien, escupiste para arriba esperando que le cayera a otro y no a ti.

Así convertiste los abrazos a una persona con autismo en intentar quitarle el reloj de juguete que llevaba.

Y fue entonces cuando disfrazaste la verdad con una bufanda de realidad ficticia, para que tu conciencia se lavara con la conciencia de lo tópico y lo casposo. Cuando la vida de verdad te miró y te dijo: ahora es cuando tienes que demostrar lo que quieres a una persona con autismo, ya no te volví a ver.

Cuando la vida cerró una puerta no esperaste a que se abriera una ventana, pues ya habías saltado por ella dejando el salón de mi casa lleno de mentiras y de miedos inventados.

Y así es como se produce la gran hipocresía del ser humano, que con una cerveza fresquita grita a los cuatro vientos: yo soy una persona que integra a los diferentes, y cuando llega vendiendo cupones el vendedor de la ONCE hace un chiste malintencionado sobre él para que  el resto del bar se ría.

Cuando la vida coge a estos personajes y les da la oportunidad de convertir en hechos lo que dicen, te das cuenta que hay una grieta enorme y no solo que es mentira lo que dicen, si no que hacen todo lo contrario.

Cuando la vida te miró y te dijo: ahora es cuando de verdad tienes que echar una mano al que lo está pasando mal, en vez de ayudarle te convertiste en la peor de las hienas viendo que había que atacar al Ñu herido.

Cuando la vida te preguntó: ¿Quieres seguir? Tú abandonaste y de repente todas tus caricias y cariños a las personas con autismo se convirtieron en humo que no deja huella.

Y así no te volví a ver. Si a ti, a ti que decías que tú por una persona con autismo lo darías todo y no has dado ni diez céntimos cuando ha llegado la hora de la verdad. Nos has dejado en la parada del autobús en una noche lluviosa y oscura, y te has marchado en tu coche sin pizca de remordimiento.

Y será la vida la que te pase cuentas; o quizás no pues, como me dijo un día un amigo, nos empeñamos en que sea todo justo y realmente la vida es muy injusta. Entre lo que deseamos y lo que es la realidad de nuevo aparece el sufrimiento humano. Pero solo pido una cosa, no volverte a ver, o si te veo que sea para que si dices que vas a integrar a una persona con autismo, por lo menos lo intentes; y si no cierra tu boca y sigue tu camino, que nadie somos responsables de que seas una persona que no integras ni ayudas a personas con autismo.

Reflexiones de una persona con autismo.

 

Lo siento pero te vas a morir, tengas o no tengas autismo

Para un momento y concéntrate conmigo en un razonamiento simple e interiorízalo, porque es una gran verdad que sabes, pero que no te gusta escuchar. Te vas a morir. Si compañera, son malas noticias lo sé pero tarde o temprano, con 100 años ¡ojalá!, o dentro de un rato, pero todos y cada uno de nosotros nos vamos a morir.

Había un profesor mío que decía y predicaba que le gustaba el tiempo y la muerte porque eran las dos cosas más justas que conocía: para todo el mundo una hora es una hora, y todo el mundo, tarde o temprano, se va a pasar la eternidad con el de la guadaña.

Una vez dicho esto, que entiendo que para muchos de vosotros es algo difícil de digerir y de asimilar, viene otro pensamiento que es tan real como el primero de la muerte. Tu vida, la mía, la de cualquier ser humano dura en este mundo una millonésima parte de la millonésima parte de la millonésima parte de un microsegundo, es decir, estamos aquí muy, pero que muy poco tiempo comparado simplemente con cualquier piedra que te puedas encontrar en frente del parque de tu casa. Quizás muchas de las montañas que ves por tu barrio llevan ahí cientos de miles de años, y seguirán cuando no estés. Y esa piedra fría y grande que nadie pudo romper, y que ni el viento ni la lluvia son capaces de erosionar, cuando tú te vayas ella seguirá. Y seguirá a lo mejor millones de años.

El razonamiento entonces es sencillo: nuestra vida dura muy poquito si la comparamos con otras cosas de la naturaleza, y todos nos vamos a morir. Entonces si esto es así ¿Qué sentido tiene no ayudar al diferente, no incluirle, o hacer daño al que tienes en frente solo porque consideras que no es normal?

Entiendo que sería mucho mejor que el poco tiempo que tenemos lo pudieras dedicar a aprender por ejemplo a dibujar a carboncillo, a correr una maratón, a leer buenos libros, en fin a cosas que de una manera o de otra dan un poco de sentido y llenan de aire fresco la bolsa esta que llamamos vida.

Con el poco tiempo del que disponemos, sabiendo que tarde o temprano tendremos que pasarle cuentas al más importante de tu vida, que eres tú, ¿qué sentido tiene hacer daño a los demás? Sinceramente ¿Qué aporta esto a mi corta vida? tampoco soy quizás el más indicado para decirte que tienes que ir por la vida invadido de amor y haciendo el bien, pero sí me veo con fuerza moral para afirmar que debemos de intentar cada día hacerlo mejor. Pues claro que yo soy el primero en confundirme y en hacer daño a alguien sin pretenderlo, pero ahí está precisamente la esencia del razonamiento: cuando detectas que te has pasado pide perdón y si no te perdonan, aprende para no cometer el mismo comportamiento con otra persona, pues ya tienes la experiencia de que puedes herirla.

De verdad, una de las cosas que me tienen enamorado del autismo, tómese esta frase como un pura metáfora, es que mi hijo jamás hace algo para hacer daño de manera intencionada, ¡y mira que hace trastadas! Pero nunca busca hacer el mal para herir, para desestabilizar, para buscar tus puntos flacos, para que te hundas…  ¡Eso jamásssssss!

Y en eso, nosotros, que nos consideramos normales, deberíamos aprender, y mucho, y saber que con el poco tiempo que vamos a estar aquí es absurdo hacerle el mal a otro ser humano. No sé gana nada; es como meter todas tus fichas al rojo, en una ruleta que solo hubiera números negros. Haciendo el mal, siempre, siempre, siempre vas a perder. Quizás ahora no, pero habrá un día que te rendirás cuentas a ti mismo, y perderás.

 

Reflexiones de una persona con autismo

 

El autismo y la tarde

Aquella tarde todo cambió. ¡Todo!

De repente, por arte de magia, ya no importaba que el pedido de Zara viniera a tiempo para la cena del trabajo. Curiosamente, y sin saberlo, las prioridades cambiaron. No, las básicas no, claro. Es decir seguíamos comiendo y bebiendo, pero las otras cambiaron.

Ya no nos importaba caer bien a los demás. Si mi jefe no me hablaba, ya no era vital para mí. Que el vecino no decía buenos días, sus motivos tendría.

No lo aceptaba, pero mi mundo había cambiado. No podía entender como mi hijo no podría hablar nunca. Mi mente no era capaz de asumir cosa tan clara y evidente; siempre pensé: mi hijo hablará. Al día de hoy, ya lo tengo claro.

¡Pero aquella tarde todo cambió! Marcó sin duda alguna lo que soy y lo que seré: un padre de una persona con autismo. Y querido amigo, cambia todo. Tus relaciones con la familia, con tus amigos, con tus vecinos… todo cambia. Es el cambio del cambio; a partir de ahí se abre un mundo lleno de alegría y de mucha miseria, y sobre todo de intentar entender cosas que quizás nunca tendrán explicación. Creo que jamás nadie me podrá explicar por qué no puedo hablar con mi hijo.

¡Esa tarde todo cambió!

¿Para bien? ¿Para mal? Pues no lo sé. ¿Soy mejor por el autismo? Pues sinceramente, no lo sé. Soy diferente. ¡Manda huevos que diga yo esto cuando lucho para que no haya diferencias!

¡Lo que sé es que esa tarde todo cambió!

No valieron de nada las lágrimas vertidas antes ni después, muchas veces el ser humano se cree que llorando cambiarán las cosas, pero no es así, simplemente es agua salada que muere en tu barbilla sin arreglar nada.

¡Esa tarde amigo todo cambió!

En fin, somos lo que somos, y quizás tenga razón mi amigo, mi hermano, cuando dice que lo que te marca son las circunstancias y no las creencias. Sólo sé que nunca seré el mismo después de aquella tarde.

 

Reflexiones de una persona con autismo

CERRADO POR VACACIONES

 

AMIGAS/OS nos vamos de vacaciones. A partir de septiembre más historias, más cuentos, y mucho más…..para que cada día la inclusión de las personas con autismo sea una realidad. ¡¡¡Cuidado con el sol y la playa¡¡¡¡ besos para todas/os y nos vemos en septiembre…..FELICES VACACIONES 2019 

El autismo y el aislamiento social

 

¿Mamá cómo les podemos convencer de que yo necesito amigos como los necesita cualquier niño? ¿Cómo podemos hacerles ver que a lo mejor el cine no es el mejor sitio para mí, pero que sí puedo estar en el patio con todos ellos?

Pero mamá ¿por qué no entienden que si me llamaran una vez, solo una vez, para bajar al patio, yo bajaría sin dudarlo?

¿Cómo puedo hacer para no gritar cuando todos callan y algunos se ríen de mí?  Yo no puedo evitar gritar, quizás ellos no puedan evitar reírse; y en la medida en la que ellos no entienden mis gritos, yo no entiendo sus risas y sus caras de asombro. Creo, mamá, que si no se rieran y se acercaran a mí y me dijeran algo todos nos entenderíamos más y mejor.

Pero ¿por qué nadie me lanza la pelota? Siento como si con el tiempo se hubieran olvidado de mí. Cuando era más pequeño las interacciones eran más, pero con el tiempo todo el tema social ha ido a peor. Yo soy consciente de no facilitar las relaciones, pues siempre estoy solo y corriendo de un lado para otro, pero aunque esta sea mi conducta ¿Creen que realmente me gusta estar solo cuando todos juegan y hablan entre ellos?

Y mamá, otra pregunta que me inquieta cuando un niño me mira con asombro o me pregunta que me pasa y yo no puedo contestar ¿por qué sus padres no intervienen? ¿No notan la tensión de mi padre? ¿No notan vuestro cansancio de decir siempre lo mismo: nuestro hijo es una persona con autismo y no puede hablar? De verdad, mamá, ¿no crees que relajaría mucho más la situación si sus propios padres, de manera amable y educada, se dirigieran a nosotros y habláramos relajadamente de los motivos por los cuales no contesto?

Y voy un paso más allá, mamá, y si realmente esos padres que actúan así, porque afortunadamente hay mucho que obran de otra manera, no son capaces de hablar tranquilos sobre como soy como persona, ¿cómo les voy a pedir que enseñen a sus hijos a que tienen que venir a buscarme para bajar al patio?

Estos que no se acercan, que no me acarician, que no me piden un beso o un abrazo, no se dan cuenta de que hay personas que sí han conseguido llegar hasta mí. Nos ha costado trabajo, pero hemos llegado. Les abrazo, les beso, a mi manera, pero lo hago ¿Los demás no se dan cuenta de que ellos también lo pueden conseguir?

¡Ayyy mamá! ¡Como para pedirles que me inviten a una fiesta de pijamas, a unas vacaciones, a una obra de teatro, a pasear por el retiro y a miles de cosas que me pierdo solo porque la gente ha decidido no hacerlo de manera unilateral!

Y mamá, yo sé que tú me darás argumentos lógicos y razonables para que no sufra, incluso argumentos ciertos y de peso, ante los que tenga que doblegar y asumir que debo estar solo. Pero tengo una pregunta a la que quiero que me respondan, e incluso me arriesgo a que la conteste quien lo desee, y si alguien consigue convencerme con su respuesta prometo que no haré nunca jamás ninguna pregunta de los motivos por los que estoy solo.

Tengo una perra de asistencia, como algunos sabéis, que se llama Quinoa. Quinoa es maravillosa. Es mi amiga, mi fiel compañera. Nos ha enamorado a toda la familia. Nuestro amor por ella es infinito.

Pero alguien me puede explicar ¿por qué los niños han venido a buscar a la perra en tres meses más veces que a mí en toda mi vida?

¿Qué le pasa al ser humano?

 

Reflexiones de una persona con autismo

¿Cómo llega el autismo a tu vida?

Te colaste en mi casa como lo hace la serpiente en la madriguera de los conejos recién nacidos. Viniste sin avisar, como lo hacen los amigos que llaman un domingo por la tarde tocando el timbre al tiempo que dicen: somos nosotros traemos una pizza.

Robaste besos, como el guapo del instituto que se aprovecha de ella, que se enamoró nada más verle, y para él solo era su prueba para ganar una apuesta entre amigotes.

Apuñalas por la espalda, sin impunidad, sin tener castigo, y lo malo es que las consecuencias de tus puñaladas las paga exclusivamente a quien se las has dado y sus seres queridos. Tú no sufres nada. Golpeas, simplemente golpeas. Sin ton ni son. Como la muerte. No respetas ni a clases sociales, ni a personas buenas, ni a personas pobres, ni a nadie, me atrevería incluso a decir que lo haces al azar. Como aquellos chicos que una vez salieron una noche a ver a quien podían pegar, no tenían ninguna víctima en mente, solo golpearían al primero que se les cruzara.

Este es uno de tus grandísimos venenos: que te disfrazas de novia en la boda, de niño en el bautizo y de tío bonachón en el cumpleaños de la sobrina querida, y cuando todos están disfrutando de su hijo te quitas la careta, y ni eres novia, ni eres niño y mucho menos bonachón.

Y ahí aturdes. No hay peor cosa que alguien golpeé a otro, sin motivo, sin esperarlo, sin mediar palabra. Entre el shock que te produce la hostia recibida y la poca información de las consecuencias del golpe, solo deseas una cosa: que realmente todo sea un sueño y que lo que estás viviendo solo sea fruto de tu imaginación.

Ahí nace tu segunda cualidad negra: Cuando llegas, lo haces para quedarte. Te dicen que no tiene cura, que no es una enfermedad. Esto te cuesta entenderlo porque deseas que “tu hijo se cure”. Pronto entenderás que no se curará, que es simplemente una persona maravillosa que ve el mundo de una manera diferente al resto de los mortales, en definitiva uno más, pues cada ser humano es así.

Pero aún no te conformas y ejecutas el plan perfecto para hacer aún más daño. Una vez instalado, empiezas a golpear en el núcleo familiar intentando separar familias, alimentar discusiones y tratando de que la gente salga corriendo para que tú puedas triunfar en el menor tiempo posible.

Ahí es donde radica la lucha contra ti. En la unión. En la unión familiar, de padres e hijos en primera instancia; en la unión de todos los miembros de la familia para que las grietas que vas a provocar no se hagan grandes si no que sean lo más pequeñas posibles. Esta es la única manera de plantarte cara: estar todos unidos empujando y velando por la persona que tiene autismo.

Desgraciadamente esto a veces no ocurre y hay personas que se hunden, que escapan, que no aceptan, y como dice la canción, yo he sido todas y cada una de ellas hasta que me he dado cuenta de que la única razón por la que debo continuar luchando es mi hijo, porque tú no vas a abandonar y se debe aprender a convivir contigo, a hacerte más pequeño, a que triunfe la unión frente a la separación que propones cada segundo. Solo así aumentarán las posibilidades de que nuestros hijos sean felices a pesar de tu presencia. Si esperamos a que tú abandones, solo conseguiremos que lluevan gotas de barro sobre los trajes limpios de todos nosotros. .. Y además te habrás llevado los paraguas.

Esto que propongo es muy difícil, pero de momento no encuentro otro camino para intentar que mi hijo, su hermano, mi mujer y yo seamos felices. Convivir contigo y hacerte cada vez más pequeño: eso sí, no me pidas nunca que te quiera, AUTISMO.

 

Reflexiones de una persona con autismo